El hombre en llamas corrió por el escenario, lo atravesó de un lado a otro para caer y revolcarse en el fuego que lo consumía.
Durante 10 minutos reinó el caos en el Palacio de los Deportes sumido en la total oscuridad, Hetfield decía a través de su micrófono “¡todo está bien, todo está bien!”, los reporteros corrían de un lado a otro en busca de una explicación, algunas personas del público se sumían en la histeria. “¿Qué pasó? ¡no puede ser!”, decía una señora que llevaba a un niño de 10 años a su primer concierto de rock, mientras se alcanzaba a ver a los paramédicos trasladando en camilla al hombre herido.
Momentos antes, Metallica llegaba al clímax de su actuación con Enter sandman. El público enloquecía, coreaba la canción y levantaba las manos al unísono. Un técnico trataba de acomodar una rejilla en el piso del escenario cuando de éste surgieron unas gigantescas llamas que lo alcanzaron y le prendieron fuego de inmediato.
Escenas dantescas se vivieron al ver correr dramáticamente por el escenario al hombre incendiado… pero todo era parte del show.
PELIGRO EN ESCENA
En la conferencia de prensa previa, el bajista Robert Trujillo había advertido: “no sabemos qué vaya a pasar. Estamos estrenando escenario y es muy peligroso. Hay muchas cosas volando por ahí, ojalá no ocurra ningún accidente que nos obligue a cambiar el espectáculo”.
Quien lo quiso entender bien, pero durante la primera de las ocho presentaciones de Metallica en el Palacio de los Deportes, con lo que instituyen un nuevo récord de asistencia en el recinto, se sucedieron una serie de “incidentes” que, planeados o no, fueron creando un clima de incertidumbre, de inseguridad. Si así estaba en el guión, bien por ellos. Lo lograron.
Con las luces apagadas, los inmortales acordes de The ecstasy of gold, compuesta por Ennio Morricone para la película El bueno, el malo y el feo, inundaron el Domo de Cobre colmado por 22 mil 700 almas metaleras extasiadas ante la majestuosidad del escenario que la banda estaba a punto de estrenar en México para de aquí llevarlo al resto del mundo.
Lentos, casi marcialmente, James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Robert Trujillo subieron al escenario. Cuatro jinetes del Apocalipsis tomaron sus armas/instrumentos y se dispusieron a ensordecer –literalmente- a su legión de seguidores.
La poderosa obertura de Creeping death fue suficiente para desatar el alarido. ¡Metallica estaba en casa una vez más con su arsenal completo!
Sin dar tiempo para recobrar el aliento, los músicos dispararon For whom the bell tolls para continuar con Ride the lightning. Una gigantesca silla eléctrica descendía de las alturas para provocar una intensa descarga de miles de voltios.
La explosión fue de tal grado que los asistentes brincaron sorprendidos y muchos de ellos se taparon los oídos. Bombas por doquier, llamas emergían del piso, disparos, estruendo. Absolutamente ensordecedora y enloquecedora. La pirotecnia era tan poderosa que sólo la podría superar la guerra real.
Los deliciosos arpegios de One sublimaron el momento cuando del techo descendieron gigantescas cortinas sobre las que desfilaban triste y resignadamente los soldados para transmutarse en sangrientos cadáveres.
METAL A LA MEXICANA
“¿Están listos para cantar fuerte? ¿están listos para cantar más fuerte?” retó Hetfield a los metaleros aztecas que respondieron con un alarido para volcarse en The memory remains.
Como habían anunciado, a lo largo de la presentación se incorporaron diversos elementos de cada una de sus giras anteriores en un impresionante escenario ubicado al centro del Palacio de los Deportes, donde el piso hacía las veces de pantalla y de lanzafuegos, la batería de Lars giraba 360 grados y la tramoya subía y bajaba los ataúdes del Death magnetic que también fungían como pantallas con gente atrapada dentro luchando por escapar de la muerte en vida, mientras James, Kirk y Roberto corrían frenéticamente de un lado a otro con guitarras y bajo a cuestas.
“Regresamos a México por una sola razón. Nos dijeron que a la Ciudad de México le gusta la música pesada ¿es cierto?” Triste, pero cierto. Chilangolandia ama al metal y lo demostró al desatarse el slam con Sad but true.
LA JUSTICIA SE DERRUMBA
Mientras Metallica interpretaba Welcome Home (Sanitarium), una decena de obreros construía una gigantesca estatua: la Justicia, con su balanza y los ojos vendados. ...And Justice for All, el sonido fallaba hasta el Fade to Black y el justiciero monumento caía en pedazos.
Sin concesiones, la banda soltó Master of Puppets. Las cruces de un cementerio emergieron del piso mientras el slam estaba a todo lo que daba en el ruedo. No hubo respiro, el sudor empapaba cuerpos con Battery a toda velocidad.
Un delicioso descanso. Nothing Else Matters endulzó el oído con las suaves guitarras de Kirk y James, sólo era el preámbulo para Enter Sandman y la locura que se vivió después con el hombre en llamas y el derrumbe del escenario.
En medio del desconcierto y el caos. Se escuchó la voz de Hetfield. “¿Podemos usar estos instrumentos?” ¿podemos seguir tocando? ¿nos escuchan?”
La atronadora respuesta del público dio pie a que juntos, en un reducido espacio alrededor de la batería, sin luces ni pirotecnia, sin efectos especiales, los cuatro músicos tocaran como cuando comenzaban su carrera como una banda en el garaje de la casa. Die, Die My Darling de sus adorados Misfits y Seek & Destroy.
Sí, Metallica había buscado y había destruido… todo.
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